jueves 7 de julio de 2011

Nuevos tiempos

Hoy he tenido el honor de ser nombrado nuevo Delegado Territorial de la Junta de Castilla y León en Segovia. Se trata de una gran responsabilidad a cuya altura espero estar, pero que quizá me impida dedicar tiempo a este espacio en el que vengo dejando escritas electrónicamente mis ocurrencias. Todo se verá, de momento mi propósito es ponerme manos a la obra en este reto y dar lo mejor de mi para sacar adelante la representación que se me ha encomendado. Gracias a todos por vuestra paciencia en estos años, pero no me olvidéis, en cuanto pueda volveré por donde solía :)
sábado 18 de junio de 2011

No quiero mirlos blancos en el jardín

A comienzo del verano, como cada año, una familia de mirlos toma posesión del madroño; se refugian en su espesura y, de cuando en cuando descienden a tierra para escarbar entre la hojarasca en busca de lombrices y pequeños insectos, o para beber y bañarse en la palangana de plástico, que a modo de fuente, he dispuesto para tal fin junto al tronco del arbusto, o para asaltar el frambueso en busca de sus bayas rojas. Su nido, que hasta la fecha ha sobrevivido al acecho incesante de las urracas, está en una grieta del muro, bajo el tejado, del cobertizo de un jardín vecino.

Al caer la tarde los mirlos se aproximan poco a poco al nido y, haciendo pereza por ir a la cama, se dedican a charlar, a pegar la hebra, a soltar el mirlo largo rato, incluso entrada ya la noche, empleando un alegre repertorio de trinos polisílabos, silbidos, chasquidos, siseos, gorjeos y otros sonidos que seguramente tendrán también su nombre en el diccionario, pero que yo desconozco; repertorio sonoro que inspiró a Paul McCartney la canción titulada “Blackbird” (mirlo), una de las que forma parte del álbum blanco de su banda británica. Sólo a veces he presenciado un clarísimo sonido de alarma, para comprobar como la advertencia venía seguida de la presencia, siempre inquietante para un ave que cría, del milano real que sobrevuela despacio su territorio en busca de alimento.

El elegante diálogo de los mirlos, de compleja melodía, tan pausado, armónico y refinado a veces, que se diría que debaten temas de importancia, y tan agitado y alegre otras, que pareciera que festejan algún acontecimiento feliz, contrasta con el bullicio estridente de los alborotados gorriones que, a veces, vienen a perturbar la paz bajo el madroño en cortas escaramuzas de varios machos compitiendo por alguna coqueta hembra.

Me gustan mucho estas aves, me gusta su porte, me parecen distinguidas y amistosas; dicen que son fáciles de domesticar y que amplían fácilmente su escala musical aprendiendo nuevos estribillos y otros sonidos, incluso el de la voz humana. Me gusta el profundo color negro de los machos, sobre el que destacan el amarillo de su pico y el del fino anillo que enmarca sus brillantes ojos y me agrada la discreción pardo-grisácea de las hembras.

Me gusta que los mirlos sean así, me gustan los mirlos vulgares y corrientes que escarban en mi jardín y lo mismo me pasa con las personas, aprecio a la gente normal, la que se afana en sacar adelante sus familias, su vida y su trabajo con naturalidad, la que se sube al autobús cada mañana y charla de sus cosas, la que acompaña a sus hijos al colegio, la que mira los precios en el supermercado para ahorrar algo de dinero, la que tiene tiempo para pasar un rato con sus amigos, charlando animadamente, caída la tarde, en torno a unas cervezas, haciendo pereza por ir a la cama.

Por eso desconfío del mirlo blanco, de esos seres de cualidades extraordinarias que muchos reclaman para que venga a arreglar nuestras vidas; no confío en esos líderes carismáticos, elegidos por aclamación de “300 dedazos del comité federal”, disfrazada de primarias, que han de precedernos en la larga marcha, no la de Stephen King, sino la de Mao Zedong, porque ya sabemos cómo terminan esas cosas. España necesita urgentemente un gobierno de gente normal, con sentido común, que se ocupe de los problemas de la gente, que escuche y dialogue, que aprenda de los demás, que esté libre de dogmatismos y que no venga a predicar catecismos laicos para salvarnos y guiarnos al paraíso terrenal por el camino de la progresía. No quiero mirlos blancos en el jardín.

miércoles 8 de junio de 2011

Culpa, perdón y memoria histórica

Nunca he presumido de buena memoria, habría sido inútil, porque cualquiera podría demostrar que esa función cerebral no es de las que mejor me funcionan. Sin embargo, entre los pliegues de mi encéfalo se han quedado enganchados algunos recuerdos inconexos que, de cuando en cuando, asoman en lugar de lo que a mí me gustaría recordar y lo peor de todo es que, a pesar de estar construidos con girones entremezclados de cualquiera sabe qué experiencias, se empeñan en mostrarse en mi mente como situaciones vívidas, y aparentemente vividas en primera persona, para tratar de hacerme creer que fui testigo fiel de aquello.

Hago esta introducción porque me dispongo a relatar brevemente una historia de la que apenas queda entre mis meninges su esqueleto desnudo, y de la que no sé si me la contó su protagonista en primera persona, o se la escuché a alguien hablando de otro, o la leí en alguno de los libros de Chesterton que ahora no tengo a mano para consultar. Poniendo de mi cosecha la carne que falta a los huesos que sostienen esa evocación, la historia quedaría como sigue: hace tiempo cierto hombre cometió un terrible delito que atormentaba a su conciencia, necesitando liberarse del peso de la culpa acudió a un abogado, que le indicó que su falta era muy grave y que nada podía hacer por él salvo recomendarle que se entregara a las autoridades para recibir el castigo merecido. Visitó al líder político local que escandalizado le echó de su despacho con amenaza de destierro. Hundido en su remordimiento solicitó la ayuda de un psicólogo con resultados análogos. Buscó entonces consuelo en un amigo que le dijo que su pecado no tenía perdón y que debía soportar su carga hasta el fin de sus días. Cuando se dirigía hacia un puente cercano, desde el que planeaba arrojarse y así acabar con su pesada carga, sus pasos erráticos le acercaron a la puerta abierta de una pequeña iglesia; entró en la silenciosa nave, que iluminada débilmente hacía destacar al fondo, junto al sagrario, una lámpara encendida en rojo; en la penumbra de un lateral había otra luz que llamó su atención, alumbraba un discreto habitáculo de madera, limitado por dos celosías a los lados y media portezuela al frente, tras de la que un sacerdote sentado había levantado la mirada del breviario y le sonreía. Se sintió atraído por esa sonrisa y decidió darse una última oportunidad para lavar su conciencia; se arrodilló frente al sacerdote y le contó con detalle su fechoría. La respuesta del cura fue sencilla, se limitó a una pregunta, ¿qué más hijo mío?

No hace mucho, en El Adelantado, Marcelo Galindo escribía un excelente artículo, que suscribo en gran parte, que terminaba con estas palabras “Por ello, desde esta atalaya, reivindico la culpa no como sentimiento limitador, sino capaz de extraer consecuencias positivas de nuestras faltas y hacer posible esa sociedad que todos buscamos con ahínco desde distintas creencias o ideologías”. Digo que lo suscribo en gran parte porque, a pesar de que D. Marcelo se refiere a la redención y al perdón, hace reposar la mayor parte de su argumentación sobre la culpa como motor de cambio y de mejora, cuando desde mi punto de vista no es la culpa, sino su perdón, lo que permite al hombre avanzar. Es cierto, como él dice, que muchos subrayan el sentimiento de culpa como una de las principales limitaciones del ser humano, pero quienes eso defienden están proponiendo un espejismo y condenando a la postre al protagonista de mi recuerdo a saltar desde el puente. El simple olvido de la culpa, o su remodelación a través de la autocrítica, creo yo, sólo pospone la consecuencia, pero no la evita. Recordar constantemente las propias culpas o traer al recuerdo las de otros termina produciendo peores resultados. Volver una y otra vez sobre la “memoria histórica” no deja que las heridas cicatricen, ni nos permite mirar hacia delante. Por eso yo reivindico el perdón para hacer posible esa sociedad que “todos buscamos con ahínco desde distintas creencias o ideologías”.
miércoles 25 de mayo de 2011

“El pueblo se ha equivocado”

La ciudad que fue capital de la Hispania Ulterior Bética, compitiendo con la misma Roma en edificios dedicados al recreo de sus moradores, cuna de grandes filósofos, oradores y poetas; la que durante la dominación árabe fue probablemente la mayor ciudad de Europa, rivalizando con Constantinopla en tamaño y adelantándola en cultura, y cuyo carácter sagrado sólo era superado por La Meca; aquella en cuya universidad se educaban los hijos de las cortes católicas del norte y en cuya biblioteca se atesoraba toda la ciencia, el arte y la cultura de la antigüedad en más de 400.000 volúmenes; la que hoy presume de ser una de las ciudades más hermosas y mejor conservadas de España, patrimonio de la humanidad como la nuestra, y competidora en la carrera por la capitalidad cultural europea en 2016; la que conocemos como Córdoba, sí, esa, se ha caído de la lista.

Córdoba ha perdido cualquier posibilidad de arrebatarnos la capitalidad cultural, porque todo ese patrimonio artístico, literario, histórico y científico, que sus actuales habitantes han heredado, no ha servido para nada. Juan de Mena, Luis de Góngora y Argote, Séneca, Averroes, Maimónides, Julio Romero de Torres, Joaquín Cortés y hasta el propio Antonio Gala, han caído en el olvido. Los cordobeses han perdido la cabeza y los que creíamos que podían ser unos serios competidores de Segovia para nuestra deseada capitalidad europea, el 22 de mayo se han revelado como unos ignorantes, incapaces de valorar el altísimo mérito de quienes hasta ese día ocupaban la casa consistorial.

Eso lo deduzco yo de las palabras de otro ilustre hijo de la ciudad, D. Andrés Ocaña, alcalde de la que Góngora llamaba “flor de España”, quien al conocer el resultado de los comicios del pasado 22 de mayo exclamó: “El pueblo se ha equivocado”. ¿Quién soy yo para contradecir al primer edil de los cordobeses?

Pero ¿quién es el pueblo?, pues parece que, para algunos, el pueblo está compuesto por aquellas personas que en un determinado lugar aceptan sin rechistar la ideología que una minoría de sujetos, que se autodefinen como demócratas y tolerantes, les quieran imponer.

En Segovia Jesús Postigo ha ganado las elecciones municipales, en tanto que el independiente Arahuetes, bajo la marca del puño y la rosa, ha quedado en segunda posición. En una sociedad avanzada, madura y civilizada, en una ciudad de rica historia, en esta parcela patrimonio de la humanidad en la que habitamos, no debería ser difícil alcanzar un acuerdo por el bien de todos; debería ser lo natural, dado que todos nos hemos presentado a las elecciones con afán de servicio y para mejorar la vida de nuestros conciudadanos, pero hete aquí que un correligionario del respetable D. Andrés Ocaña, el no menos respetable D. Luis Peñalosa, líder de la minoría, si el sentido común no lo impide, va a imponer su ley para evitar que los segovianos, como los cordobeses, nos equivoquemos. Es muy dueño.

Poco podremos hacer si esta situación, como se sospecha, se materializa, salvo observar atentamente a nuestra hermana y competidora Córdoba y ver si no hubiera sido mejor equivocarnos como ellos. Deseo con toda mi alma que Segovia salga ganando, y que el próximo junio pueda recibir el merecido premio de la capitalidad cultural europea. Por los que, según Ocaña, nos hemos equivocado, no va a quedar, ya lo ha anunciado Jesús Postigo, si al final no gobierna y lidera la oposición, lo hará tendiendo la mano, remando a favor de la ciudad, dialogando y proponiendo acuerdos por el bien de todos.

jueves 19 de mayo de 2011

Su pan, su hembra y la fiesta en paz

Para los que tienen menos de 40, este título puede sonar fatal, pero si recuerdan la canción de la que sale el verso y vivieron la transición democrática en España, esas palabras tendrán sentido. Eran tiempos muy inciertos, España asomaba a la democracia con una mezcla a partes iguales de ilusión y miedo, miedo no a ese futuro desconocido, sino a la resistencia manifiesta al cambio procedente de sectores de la sociedad que preferían lo malo conocido que lo bueno por conocer. Como siempre y gracias a Dios, los agoreros se equivocaron y las dos Españas se diluyeron sumergidas en la riada de libertad que nos impulsó hasta el punto en el que ahora nos encontramos.

Aquella “gente muy obediente, hasta en la cama”, aquella “gente que tan sólo pedía vivir su vida, sin más mentiras y en paz”, logró que España se consolidara como un “Estado social y democrático de Derecho”, tal como reza el artículo 1.1 de la Constitución que nos otorgamos por consenso.

Andado el tiempo, rodada la democracia, 40 años después de que Jarcha popularizara y convirtiera en himno su “libertad sin ira”, aquella gente "tan obediente" ha empezado a hartarse de esperar y ha salido a la calle a reclamar “democracia real”. No han dado un puñetazo en la mesa, como ha ocurrido en otros lugares del mundo menos civilizados y sometidos a regímenes autoritarios, sino que están ahí, en las calles y en las plazas pidiendo "por favor" que alguien haga algo, que los políticos se pongan a resolver sus problemas y que les escuchen.

Pero aparentemente, por lo que vengo escuchando en las radios y televisiones, o leyendo en la prensa sobre el fenómeno, parece que sencillamente no se les entiende. Desde el poder y desde los partidos políticos, desconcertados, se les mira con desconfianza o tratan de arrimar el ascua a su sardina.

Parece que en estos 40 años, sin que nos diéramos cuenta, se ha ido perdiendo la comunicación entre los ciudadanos y la política; los partidos han circulado por los caminos que la gente que los compone ha decidido marcar, mientras que el pueblo ha seguido con desinterés creciente su actividad, acudiendo a votar cada cierto tiempo para retomar sus vidas hasta la próxima elección. En los partidos, los militantes votan en los congresos, los no militantes no y los aparatos resultantes de los mismos gobiernan la estructura. “Dicen los viejos que hacemos lo que nos da la gana, y no es posible que así pueda haber Gobierno que gobierne nada”, pero al final no es más que un problema de falta de participación por falta de costumbre.

Pero ¿es esto culpa de los partidos? Creo que no, creo que la gente honrada debe volver a participar, y debe hacerlo a través de las estructuras democráticas que en todo el mundo se han homologado para esa función, entrando en masa en los partidos de su preferencia para propiciar que sus reivindicaciones se hagan realidad.

“Guárdate tu miedo y tu ira, porque hay libertad, sin ira libertad, y si no la hay sin duda la habrá”, pero como decía kennedy: "No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros. Preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país". Si de verdad queremos cambiar las cosas no hay que pedir cuentas a los partidos, sino que hay que invadir pacíficamente sus sedes reclamando carnets.

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Ocurrencias

De vez en cuando el ocio depara en discurso, si es que a la excrecencia de mis neuronas se le puede llamar así, que se pierde en el olvido.
Se me ocurre hoy tratar de dejar constancia escrita de mis ocurrencias, sin más intención que comprobar, con el tiempo, cómo ni yo mismo estoy de acuerdo con algunas cosas que se me ocurren.
Que nadie se sienta aludido por mis cosas.
No espero que estas ocurrencias sean leídas pero, si por esas casualidades, para alguien por este blog, siéntase libre de opinar, como yo me sentiré libre de publicar, o no, su opinión ;-)

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